Recordar mis dones y abrazar mi propósito
Un llamado íntimo a despertar lo que siempre ha vivido en mí
En distintos momentos de la vida surge una sensación difícil de ignorar: la idea de que estamos hechos para algo más, algo que se siente auténtico, natural y alineado con lo que somos. Aunque solemos hablar del “propósito” como si fuera un destino casi místico, la realidad es que se trata de un proceso profundamente humano: reconocer nuestros dones, reconciliarnos con ellos y permitirnos vivir desde ese lugar.
La vida cotidiana actual, con sus exigencias y ritmos acelerados, tiende a desconectarnos de nuestras capacidades más genuinas. Muchos de nosotros aprendimos a priorizar la eficiencia, la productividad o las expectativas externas, dejando en segundo plano las habilidades que verdaderamente nos hacen únicos y felices.
Con el tiempo, esta desconexión genera un vacío. No es falta de éxito, sino falta de sentido. Es el cuerpo y la emoción recordándonos que no basta con cumplir: necesitamos conexión, dirección y autenticidad.
Recordar los dones: un ejercicio de observación interna
Recordar mis dones no significa descubrir algo nuevo, sino reconocer lo que siempre estuvo ahí. Son esas cualidades que emergen sin esfuerzo, esos talentos que otros ven en nosotros incluso cuando los hemos normalizado.
Este proceso implica hacerse preguntas incómodas pero liberadoras, tales como:
¿Cuándo me siento en mi elemento? ¿en mi salsa? ¿a gusto?
¿Qué actividades me dan energía en vez de agotarme?
¿Qué reconozco en mí cuando dejo de compararme?
Identificar los dones no es un acto de ego; es un acto de responsabilidad personal. Solo podemos construir una vida coherente cuando sabemos cuál es la materia prima con la que contamos.
Abrazar el propósito no requiere tenerlo todo claro. No es una epifanía repentina ni una frase inspiradora que define todo. Es un proceso de experimentar, ajustar y decidir. El propósito se manifiesta como una brújula: no dice exactamente a dónde llegar, pero sí hacia dónde avanzar.
Cuando conectamos nuestros dones con algo que contribuye, sirve o acompaña a otros, el propósito empieza a tomar forma. Y, con él, aparece una sensación de coherencia: ya no solo hacemos, sino que entendemos por qué lo hacemos.
Reconectarse con lo auténtico implica tomar decisiones difíciles. Implica renunciar a ciertos roles, creencias o dinámicas que ya no representan quiénes somos. Abrazar el propósito requiere permitirnos ser más honestos y más vulnerables.
Este proceso no siempre es cómodo. A veces significa empezar de nuevo, replantear caminos o cuestionar aquello que dábamos por seguro. Pero también ofrece algo valioso: una vida que se siente propia, elegida y sostenible emocionalmente.
Volver a nosotros mismos es un acto revolucionario. Y quizá el mayor regalo que podemos hacernos a nosotros y brindar al mundo es este: reconocer lo que nos hace únicos y atrevernos a construir desde ahí.